«El Timeo es la exposición escrita más acabada de la doctrina física de Platón».
El ambiente cubierto por la presencia arquetípica de cuatro ancianos sabios así lo atestiguan al no reiterarse su participación en ningún otro diálogo.
Conceptualmente, la física nos remite a la opinión, juicio o relato del mundo fenoménico, en contraposición al mundo de las ideas, eludiéndose por inaplicable aún nuestra moderna y contemporanea noción de ciencia. Pero nó son los extensos balbuceos e intentos de aproximación temprana al lejano método científico lo que Platón nos quiere dar a entender a través del Timeo, sino «la necesaria complementación entre física y metafísica», mundo fenoménico y mundo de las ideas. Es decir, los principios físicos, aquellos que regulan el devenir de lo sensible, solo alcanzan su máximo entendimiento en aquel que a su vez conoce los principios de la metafísica, regidores universales de lo inteligible, y que a diferencia de la física se caracterizan y definen como doctrina no escrita.
Consecuencia y deducción de todo ello es la actuación de idénticos principios en este mundo y en toda realidad del ser:
- La Unidad: principio de forma y límite.
- La Dualidad indeterminada: principio de multiplicidad e indeterminación.
Toda realidad fenoménica procede por derivación de ambos principios. El modo en que hallan expresión consiste en la introducción del carácter limitante de las ideas sobre lo indeterminado del Receptáculo.
Una primaria influencia de los principios se deja entrever en la multiplicidad de las ideas, mas su plenitud reside en la imposibilidad de la verosimilitud y estabilidad de todo relato referente a lo acontecido en este mundo al que denominamos real. Toda dialéctica es por tanto ilusoria, dejándonos atrapar en un callejón sin salida donde la única respuesta a la complejidad del laberinto será admitir la presencia del Mito como expresión del Logos.



















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