LA VESTIMENTA GRIEGA (III)

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En Atenas, las más vastas túnicas forman un pliegue en la parte superior, análogo al del peplo. Cuando se lleva sola, con o sin pliegue, la túnica jónica caracteriza a las bailarinas: la anchura y el vuelo de la tela permiten asir con las manos la extremidad de la sisa y disimular completamente los brazos. La disposición oblicua del himation corresponde al progreso del traje jónico en Ática, abrochado a la izquierda o a la derecha y el uso de botones sustituye el de las fíbulas. La túnica se asocia a veces con el manto de los hombres, que la coquetería femenina dispone en sentido inverso: la extremidad, en lugar de echarse a la espalda, cae hacia delante.

 

 

 

El traje jónico lleva también, en la época helé­nica, un manto de lino, el fairos, cuya disposición no se ha definido con precisión, y un largo chal (5 m x 0′75 m) llamado “chal oblicuo de Cores”, que Jacques Heuzey ha estudiado, demostrando que este traje, molesto y frágil, que reduce singularmente la libertad del brazo derecho, era el signo de la vida lujosa y cómoda expresada por la famosa sonrisa arcaica que Charles Picard ha definido con tanto acierto, como un “jeroglífico de felicidad”. El arreglo más simple consiste en atar el chal con fíbulas sobre los dos hombros, como un peplo y para obtener a continuación la forma de V invertida que abre paso al cinturón, se introduce la mano, por arriba, bajo el chal, se toma un pellizco de tela y se conduce por encima del borde superior, provocando así la retracción ascensional y piramidal del borde inferior. De esta manera se forman, debajo del borde superior, una serie de pequeños bolsillos que hay que igualar. El mismo procedimiento puede emplearse cuando el chal se coloca oblicuamente, liberando el brazo izquierdo, y repetirse igualmente bajo el brazo. De la demostración convincente de Jacques Heuzey, resulta que hay que repudiar todo uso de bandas o cintas de cuero; una vez más, el efecto decorativo, aparentemente complicado, se obtiene con medios muy simples.

 

 

 

Insistamos en el hecho de que el ropaje dórico es arquitectónico, mientras que los efectos de la túnica jónica son pictóricos. La evolución de las costumbres, como la del gusto, tiene un buen papel en las transformaciones del traje femenino: a los hábitos rudos de un cuerpo vigoroso y endurecido, libre, bajo el peplo, sucede la preocupación por el confort, por la dulce sensación de las telas suaves. Con su capa, la mujer se envuelve, friolera, subiendo sobre su cabeza un faldón que forma una capucha. Ya no existe, entonces, el equilibrio entre el desnudo y el ropaje, que constituía la be­lleza propia del traje dórico; pero la tela fina, como mojada, se amolda al cuerpo, al que hace resaltar.

 

 

 

Peinados.- Los hombres llevan el pelo largo y lo rizan, como las mujeres, hasta la época de las guerras médicas (siglo V). El período ático‑jónico ve nacer el krobylos, moño que cae sobre la nuca, y gran cantidad de adornos atados con nudos. Si hemos de creer a Aristófanes, el uso de pelucas se generalizó desde finales del siglo v, en caso de calvicie. Cuando los cabellos son cortos, a menudo se mantienen con una banda de tela o de metal es una moda que pasa, en el siglo V, del Peloponeso a Atenas.

 

 

 

En la época arcaica los hombres gustaban de la barba en punta, mientras que suprimían su bigote. Los filósofos con­tinuaron dejando crecer a voluntad toda su vellosidad, incluso cuando, después de Alejandro, empezó la moda de afeitarse totalmente.

 

 

 

Para las mujeres, los cabellos largos y sueltos sólo se llevaban en ciertas fiestas. Los cabellos cortos señalan un luto temporal o una vejez confesada; se imponen siempre a los esclavos. Los peinados arcaicos consistían en dos bandas de cabello crespo que prolongaban largos rizos en virutas que caían sobre los hombros y el arreglo clásico sujeta las dos bandas onduladas con una cinta y termina en un alto moño al que, a menudo, se añade una diadema o una faja. En el siglo V también existen trenzas sujetas por encima de las orejas y que se arrollan como una corona alrededor de la cabeza. En la época helénica se encuentran “nudos de cabeza” colocados en la cima del tocado. Los viajeros adoptaban el gran cubrecabeza tesálico y preferían, para el paseo, la cónica tholia de anchos bordes. Los velos de cabeza (kredemnon o theristrion) y los gorritos, denotan un gusto oriental.

 

El calzado es generalmente del tipo “sandalia”, de cuero natural o negro para los hombres; se fabrican rojos, blancos, amarillos o verdes para satisfacer la coquetería femenina. Los viajeros llevan altas botas atadas: las endromidas. Desde finales del siglo VI a. C. los persas introducen el calzado tapado, a veces con la punta curvada, a la moda oriental, como lo atestigua la famosa Koré de botas rojas del Museo de Atenas.

 

Michele Beaulieu.- El vestido antiguo y medieval.-
Ed. Oikos-Tau ¿Qué sé? Nº 32. Barcelona 1971. Págs. 43-56

~ por lisis en Octubre 10, 2007.

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